jueves, 19 de enero de 2012

Convivencia entre culturas, ¿una utopía?


El diario El Mundo lanzaba el pasado mes de diciembre el siguiente titular: “El 64% de los españoles cree que los musulmanes no se integran”.
La empresa estadounidense German Marshall Fund ha realizado, como cada año, un estudio sobre la percepción ciudadana respecto a la inmigración, con la colaboración de diversas fundaciones europeas, entre las que se encuentra la Fundación BBVA.

Según las conclusiones del estudio, Reino Unido y España son los países menos favorables a la llegada de inmigrantes. Los porcentajes resultantes son los siguientes:
Un 3% de los españoles considera que los musulmanes están muy bien integrados; el 34% afirma que están mal integrados, mientras que el 30% piensa que se encuentran muy mal integrados.

Sin embargo, estos porcentajes chocan con la opinión del colectivo musulmán: el 83% de los musulmanes encuestados piensa que se ha adaptado a la vida y costumbres españolas y el 15% sostiene que sólo se relaciona con personas de su misma religión.

Considero que yo estoy entre el 64% de españoles que opinan que el colectivo musulmán está mal integrado en la sociedad española. Bajo mi punto de vista, la mayoría de los musulmanes no hace méritos por la integración, ya que se limitan a deambular por las calles en soledad o a reunirse en las plazas con el resto de sus “primos”. Muchos de ellos delinquen y se dedican a trapichear con objetos robados o droga. Y a sus mujeres, no se las ve demasiado por las calles; incluso muchas ni siquiera saben español, total, ¿para qué?, sus maridos ya hablan por ellas.

Pero a mí no me gustan los extremos, por lo que reconozco que no todos son de la misma condición. Los hay que tienen sus propios negocios: peluquerías, restaurantes donde sirven el tan puesto de moda “kebab”, locutorios… y, por supuesto, la entrada no está prohibida a los españoles. Además, conozco a alguna joven musulmana que está estudiando en la universidad.

Pienso que el comportamiento de los musulmanes en España depende de lo cerrada o abierta que tenga la mente, al igual que la actitud que tomen los de primera y segunda generación: todo depende de las ideas que sus padres y familiares les transmitan.

Yo pienso que todo inmigrante tiene el derecho y el deber (si así lo siente) de mantener su cultura en el país dónde migre, pero también deben respetar y adaptarse a las costumbres, normas y leyes del país al que llega en busca de oportunidades y una vida mejor.

No se trata de valorar más una cultura u otra, pues todas tienen ventajas e inconvenientes, sino que se trata de convivir en un contexto de respeto e igualdad, pues al fin y al cabo, independientemente de las costumbres que uno tenga, todos somos personas y todos perseguimos un fin: la felicidad.






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